Ella no buscaba un amor pasajero. Ella entre las calles caminaba capturando graffiti simbólico de su esencia, la calle. Entre árboles y noches largas. Entre tiempo que parecía una eternidad. No había un pájaro aquella tarde, en la que recordó su nombre.

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Ella no buscaba un amor pasajero. Entre fiebres de pasiones y éxtasis de temores, se hallaba. Entre manos invisibles, un corazón que latía y una mente en tempestád, vivía y moría.

Se despertó con el sonido de una rosa. Le advirtió que era hora de ser pintora de portales, puentes, besos y seres extraños en morada. Un duende cómplice de sueños. Una mariposa que voló lejos para hallar su llave. Una hada que encontró una caja de secretos ancestrales.

Los fantasmas del pasado la perseguían. De madrugada ella corría por los desolados parques. De día ella escribía aquellas cosas que no comprendía, para bailar luego en un afanado intento de sentimentalismo.

Su complice, el aire, la acechaba en sus más privados minutos. Y por las ventanas, los susurros de la dama viajaban, para llegar firmemente a los oídos de quien la invocaba. Ella sabía quien era. Ella sabía con quien existía.

Y de su bolso, sacó una espada con forma de pincél. Creando una puerta inaúdita y secreta, para poder verse con él. No, era un asunto del alma. Una promesa casi olvidada. Una cara con cabello de seda. Un par de ojos inocentes capaces de pecados mortalmente víles. Más sin embargo, los ojos que reflejaban sus más viejas travesías de vida y la empujaban a brillar como sol, como día.

Entre dimensiones se hallaban volando gravitacionalmente. Nadie más que ellos comprendían la situación demente. Y dentro un tunel de luz, llegaba él como gaviota oscura, como luna llena. En primavera un palpitar que muy bien reconocía, una presencia hogareña.

Tal vez era tiempo de recordarse. Tal vez era tiempo de sanar y perdonarse. Tal vez no había tiempo cuando de estos seres se trataba. Él la conocia y nunca lo dudó. Ella subestimó su perspicacia y se la llevó una ola de agua, en un mal momento.

Más ahora, dentro de la nada y del todo, se encontraba. Un ojo que lo observaba, otro que lo esperaba. Un par de labios que le hechizaban. Un par de brazos que protegían de tribulación alguna. Infierno, paraíso y duelo.